ESA PIEDRA. (Extracto de EPIFANÍAS) por José María Moragues.
ESA PIEDRA.
Por José María Moragues.
Una piedra era el
lugar, el centro de todo; cuando en un momento, en medio de un extraño día, en
el cual el clima estaba enrarecido. Tanto lo estaba, como la agitación entre el
gentío. Un día que había comenzado radiante, pero como sin motivo, al mediodía
todo cambió. Una bruma espesa, salida de ninguna parte, bloqueo casi por
completo el sol. Como si un mal presagio, una calamidad extrema, se precipitara
sobre la tierra.
Y sobre esa piedra,
junto al camino y a las afuera de la ciudad, piedra como de veinte metros de
altura, que pareciera que la naturaleza la hubiera tallado como el escenario
apropiado para este tremendo acontecimiento; luciendo como una calavera que
pretende anunciar la victoria definitiva de la muerte; con sus profundas cavidades
oculares; y en la base, una boca oscura, llena de sombras, que se preanunciaba
hambrienta de sueños nunca cumplidos, de vidas opacas interrumpidas
abruptamente por la decisión de la siempre incompleta justicia humana. Y sobre
esa piedra, tres hombres, tres historias, tres finales; solo el del medio,
extensamente admirable, deseable, despertando amores y profundos odios,
poniendo en evidencia la falta de virtud en los hombres.
Y sobre esa piedra,
el hombre absoluto total; colgando del madero, crucificado. Levantado bien
alto, con un cartel con frases ofensivas para muchos, en los idiomas conocidos,
frases ofensivas pero verdaderas. Puesto bien alto, como faro de luz radiante,
que iluminaba la ciudad, y más; pero esa luz, esa lámpara se apagaba, su flama
ahora era como un pábilo humeante. Su cuerpo, envuelto en su sangre, lleno de
llagas, indescriptible destrucción, producto de la saña de los hombres. Saña
que solo podía provenir de un solo lugar, lo más profundo de las oscuridades,
lo más corrupto del corazón humano. De allí, del trono usurpado por el príncipe
de las tinieblas. Trono arrebatado a los hombres incautos. Desde allí, donde
nada crece, sino el odio y la pérdida; allí, en ese lugar seco, vacío, todo era
excitación, donde el hedor a sangre los embriagaba al punto de convencerlos de
su victoria final. Lo rodeaban, lo veían solo, exhausto, casi sin poder
respirar, y aún no sabían que su esencia ahora estaba impregnada de todos los
errores de los hombres. La victoria de la traición estaba a la vista, miles de
años deseándola, preparándola, y ahora parecía que sí. Que llegaba su hora
definitiva, que lo habían derrotado.
Pero sobre esa
piedra, como fortalecido por la más profunda convicción y tenacidad que solo
puede sacar aquel que culmina con su propósito, se escuchó un clamor, un grito,
una palabra más; tal vez la más importante en su ganada vida, la última; con lo
último. El hombre total, en sus estertores agónicos, gritaba. ¡¡¡CONSUMADO
ES!!!
Los hombres en la
escena, aunque hasta acá le habían crucificado, se estremecieron hasta sus
fibras más íntimas al oírle, no falto entre ellos quién dijera: Verdaderamente
este era el Hijo de Dios.
Y los que no eran
hombres, al oírlo. Al oírlo ellos; cayeron, se apagaron, se ahogaron, se
murieron, una y mil veces más, se murieron, aunque eran eternos, aunque ya
estaban muertos; en ese instante en que su reino del terror, de la opresión,
fue quebrantado, anulado, destruido, arrasado. Y no hubo más lugar para ellos
que en la ignorancia, en la oscuridad, en la ausencia de toda luz.
Y desde esa piedra, todo fue redimido,
todo fue iluminado; hasta los confines del universo fueron devueltos a su dueño
original. Un hombre pequeño lo perdió todo, otro hombre grandioso, gigante, lo
ganaba todo. Todo por una palabra sellada por valiosísima sangre, sangre del
nuevo pacto de Dios con los Hombres. Esa palabra; desde esa piedra, “Consumado
es.”




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